Esa difusa insatisfacción

¡¡Importante!! Sigo escribiendo un libro, pero ya no lo estoy haciendo de forma intensiva. La newsletter ahora va a espaciarse y servirá para mandar contenidos distintos al del blog a quien quiera estar informado. Podéis apuntaros aquí.

Marina: cambiando de estrategia semanalmente desde 1985

Ayer vi una peli muy mala. No me importó, porque en general echar el ratito en el cine me gusta y porque fui con mi amigo José Luis, que es amor. Al salir caminamos en medio del frío hasta un café antiguo que han reabierto en Candelaria, tomamos chocolate caliente y charlamos de la vida; la peli fue lo de menos. Aun así, la experiencia me hizo reflexionar.

El engendro en cuestión se llama “Buscando a Eimish”, y ya me mosquea en su planteamiento porque se basa en que todos están enamorados de una chica que tiene como principal aliciente 1) ser monísima y 2) ir por ahí con cara de mosquita muerta todo el rato. A mí, que ni soy monísima ni me va lo de mosquita muerta, esos argumentos me ponen nerviosa. Será la envidia.

Se recorren Europa por mí. Y por ti no.

Lo que me llamó la atención, sin embargo, fue la sensación que iba generando en mí la peli a medida que la veía. Yo me considero bastante feliz. Mi vida me gusta: me parece que está por encima de la media en lo que se refiere a vidas. Aun así, viendo la película, los decorados cool, la cara perfecta de Eimish resplandeciendo con labios rojos bajo una diadema de flores, de repente me sentía fatal. Cien por cien basurilla, con mi jersey del Sephora y los zapatos de montaña manchados de pintura blanca. Me llamó la atención cómo cambia la percepción de uno mismo en función del contexto, y la facilidad que tienen ciertos entornos para generar carencia.

Me pasa cuando voy al Bahía Sur. Llevo semanas sin ir de compras, y de repente camino por allí y Lo Necesito Todo. Quiero una riñonera de Kukuxumusu y un pintaúñas celeste. Y vuelvo a mi casa sintiendo con mucha claridad que a mi vida le faltan cosas.

Hoy vuelvo a casa, me pongo a revisar textos para publicar aquí y me encuentro con algo que escribí hace ya casi dos años y que se titula “esa difusa insatisfacción”. Y dice así:

Cuando tenía veintidós años estudiaba en Granada y compartía piso con tres estudiantes erasmus. Además de estudiar para la carrera, trabajaba en una beca de la facultad que ni de lejos me servía para mantenerme y que además me pagaban tarde. Estaba harta de la universidad y de sus estúpidas asignaturas. Por aquel entonces tenía algunos sueños: vivir sola, trabajar como psicóloga y poder mantenerme.

Tres años después, esos sueños se cumplieron. Me presenté al PIR, lo saqué a la primera y empecé a trabajar de lo mío. Pude permitirme un pisito para mí y de repente tenía dinero para mis gastos que me llegaba puntualmente a final de mes.

¿Me generó esto una plenitud súbita y enorme? Qué va. Mi mente empezó a elucubrar. De repente ya no me bastaba con eso; ahora quería más vacaciones. Y tiempo para escribir. Y más dinero. Y un coche. Y una casa más grande donde poder montarme un cuarto de estudio.

La insatisfacción es el motor básico del movimiento humano. La civilización no se habría desarrollado si nos hubiéramos quedado plenamente satisfechos viviendo en cuevas y correteando en pelotas por el mundo. Alguien no estaba satisfecho con la vida nómada y desarrolló los cultivos. Alguien no estaba satisfecho con el correteo e inventó la rueda. Alguien no estaba satisfecho con el café normal e inventó Starbucks.

Lo malo de esta insatisfacción es que nos dificulta alegrarnos por lo que tenemos y estar plenamente en el presente. Vivimos siempre esperando a que se cumpla la siguiente parte de nuestro sueño, y lo que conseguimos pierde valor enseguida.

En consulta veo esto cada día. Los que tienen trabajo están cansados y lo ven como un impedimento para mejorar de la ansiedad o de la depresión. Los que no tienen trabajo están aburridos y se sienten inútiles, y piensan que mejorarían enseguida si lo encontraran. Los padres con niños que van bien en el colegio quieren que se comporten bien en casa, y los que tienen angelitos en casa preferirían que sacaran mejores notas.

En “Pájaro a pájaro” Anne Lamott dice que escribir se parece muchas veces a intentar meter un pulpo bajo un edredón. Cuando te parece que lo has conseguido, se escapa otro tentáculo. En el caso de la insatisfacción es más o menos lo mismo. Logramos el trabajo de nuestros sueños y nos deja nuestra pareja. Encontramos al amor de nuestra vida y somos pobres como ratas. Y a pesar de haber pasado por este proceso una y otra vez, seguimos pensando que la satisfacción y la plenitud totales son posibles; que, si empujamos lo suficiente, el pulpo acabará por meter todos los tentáculos bajo el edredón.

Pues adivinad qué: nunca sucederá.

¿Qué podemos hacer entonces?
Ahí me quedé. Qué cabrona. No sé si es que decidí dejarlo para más tarde o es que realmente no tenía ni idea de qué hacer con la insatisfacción. Ahora lo tengo más claro, pero lo voy a dejar para el siguiente post, por aquello de mantener el interés. Y a vosotros, ¿qué se os ocurre? ¿Qué hacemos con la sensación de sentirnos insatisfechos por no ser perfectos, etéreos y relucientes como Eimish?

PD: No es nada importante, pero la peli al menos me sirvió para conocer a este chico, que me parece monísimo:

¿Tú preguntas? Yo respondo
Anuncios
Publicado en Uncategorized | 5 comentarios

Mr. Hyde habita en ti

Este verano me fui sola de viaje por el norte de España. Quería escalar, así que contacté con gente a través de la página de couchsurfing, llené la furgo de colacao y sopa de sobre, abrí mi hucha de monedas de dos euros y me puse en marcha. Antes, eso sí, pase por Málaga para dar señales de vida en la casa familiar y sentirme menos culpable por pasar las vacaciones fuera.

Tendríais que haber visto la cara de mi madre mientras hacía la mochila para marcharme. Sentada sobre mi cama, me miraba como si me hubieran condenado a la silla eléctrica. Normal: la pobre estaba acojonada. Creía sinceramente que iban a violarme/secuestrarme/despeñarme durante mi viaje. Cuando tu hija mayor, que hasta hacía poco era una adulta razonable y tranquilita, se vuelve aventurera y decide irse sola a escalar por ahí, es lógico que como madre te entren tus dudas.
Yo preparaba mi equipaje y pensaba: hay que joderse. Estoy aquí, a punto de vivir una de las mejores experiencias de mi vida, y resulta que mi madre lo está pasando mal. Me sentía un poco culpable. Me di cuenta de que a veces uno se vuelve más feliz, aproxima su vida a aquello en lo que quiere que se convierta, y la gente de alrededor no está contenta. No es que mi madre no quiera que yo sea feliz, pero no puede evitar tener miedo.
Lo desconocido asusta.
Las personas tienden a mantenerse como están porque, no importa lo tristes que sean sus vidas: por lo menos controlan toda esa tristeza. Saben de qué va.

Cambiar es una decisión seria. Tú cumples un papel en tu entorno. La manera en que actúas y funcionas tiene que ver con la manera en que actúan y funcionan los que te rodean; por eso, no estar bien tiene sus ventajas.

Mi amigo Anxo se lo explica así a los niños: “Cuando tú estás malito te encuentras mal, ¿verdad? Pero también hay cosas buenas: no tienes que ir al cole, mamá te hace mimitos, puedes ver la tele toda la mañana…”. Los niños lo comprenden al instante. Recuerdo bien los días de enfermedad infantil: cómo, a partir del momento en que se decidía que ese día no ibas al colegio, se abría ante ti un abismo de horas libres que podías llenar como te diera la gana. Veías entero el programa de Leticia Sabater. Ponías una cinta de Disney detrás de otra y caminabas en pijama y calcetines muy despacio, con la cabeza gacha y sintiéndote extrañamente protagonista.
En psicología, esto se llama beneficio secundario. A lo mejor piensas que tú no lo tienes, pero yo te recomendaría que estuvieras alerta. El beneficio secundario es una alimaña evasiva, y no te das cuenta de que lo obtienes hasta que no piensas sobre el asunto.

Te animo a que hagas dos listas: aspectos positivos de tu problema y aspectos negativos del cambio. Es un ejercicio complicado que requiere mucho valor y mucha sinceridad. Decirse a uno mismo “no quiero que se me quite la depresión porque entonces nadie me va a hacer caso” es duro. A veces voy caminando por el paseo marítimo de Cádiz y veo a la gente correr. No me refiero a esos corredores de maratón que van rápidos y rítimicos, con camisetas de club deportivo y los tendones marcándose en sus gemelos. Me refiero a las señoras un poco mayores o a los jóvenes gorditos, que sudan un montón y resoplan a punto de desmayarse. A mí siempre me entran ganas de hacerles la ola cuando pasan a mi lado y decirles que su esfuerzo me admira. Si eres capaz de hacer una lista de ventajas de tus problemas, te ganarás el mismo tipo de admiración por mi parte.

Una de mis pacientes, por ejemplo, estaba intentando perder peso, y no entendía por qué siempre acababa saboteando sus intentos. Cuando hizo la lista de posibles desventajas del cambio, se dio cuenta de que su marido era muy celoso, y de que mientras ella permaneciera gorda él tendría menos motivos para preocuparse de que se fuera con otro. Parecía que, de alguna forma perversa, el síntoma estaba protegiendo la relación de esa pareja. Cuando lo entendió, no mejoró milagrosa y espectacularmente, pero al menos fue consciente de que tendría que encontrar la forma de trabajar los celos con su marido sin dejarse la salud por el camino.
Reflexiona detenidamente sobre las consecuencias del cambio y asegúrate de que quieres hacerlo. Ser feliz a veces no está bien visto. Estás ahí en la cafetería del curro, un lunes nuboso por la mañana, y todo el mundo raja de la crisis y de la tormenta que se avecina. Tú estás contento: has pedido una tostada con aceite y te sienes ilusionado por el día, afortunado por las circunstancias de la vida y capaz de hacer frente a los problemas. ¿De qué vas a hablar? ¿Cómo vas a conseguir la atención y la compasión ajenas? La gente te mirará raro. Desconfiarán de tu constante sonrisa hasta que asuman que eres así y que no quieres conseguir nada de ellos.
Si todo lo anterior no te ha parecido totalmente absurdo, aquí tienes algunas preguntas sobre las que reflexionar:
¿De verdad quiero cambiar? ¿De verdad, de verdad quiero cambiar?
¿En qué voy a pensar cuando desaparezca mi problema? ¿Qué otros asuntos me están esperando después?
¿Quién puede sufrir una decepción si cambio? ¿Cómo se sentirá mi pareja si me ve más feliz? ¿Cómo se sentirán mis padres? ¿Les sentará bien que me vaya mejor que a ellos en la vida?
¿Qué voy a perder si cambio? ¿Qué estoy ganando ahora?
Sé que todas las preguntas anteriores, así juntas, suenan un poco a anuncio de compresas. A qué huelen las cosas que no huelen. También sé que si alguna te hace sentir incómodo, quiere decir que merece la pena que investigues algo más sobre ella y te pares a pensar cómo te sientes.
Si después de todo esto aún estás decidido a cambiar, ¡enhorabuena! Eres valiente. Un montón de experiencias bonitas te están esperando. Puede ser que hayas decidido que quieres cambiar y que, al mismo tiempo, hayas identificado una pequeña parte de ti que se resiste a hacerlo. Enhorabuena también. Es muy honesto por tu parte admitir que te resistes al cambio. Te propongo que identifiques a esa parte de ti como tu gemelo malvado. Puede ser como tú, pero con una marca satánica escondida en el cuero cabelludo. O te la puedes imaginar con otro vestido y otro peinado, o como un antihéroe maligno: The Resistent. Dibuja a tu resistencia. Dale un nombre, dale poderes: mi resistencia al cambio tiene el superpoder de engañarme, el superpoder del autosabotaje, el superpoder de darle la vuelta a lo que pienso. Al final quizá puedas hasta hacerte amigo de ella. Construirle una casita en una esquina de tu mente donde se pueda quedar a gusto. Mi paciente de antes, por ejemplo, decidió que podía cambiar nueve de cada diez días, pero que su resistencia necesitaba aparecer al décimo porque también era una parte de ella.
La resistencia al cambio está ahí, no podemos ignorarla, pero sí que podemos trabajar para que no sea ella la que dirija el cotarro. El primer paso es no perderle la pista.
¿Quieres leer más artículos como este? Suscríbete aquí.
Publicado en Autoengaños, La mente: esa amienemiga, Verdades chungas | 2 comentarios

ATENCIÓN: LIBRO EN PROGRESO




¿De qué va este blog?

Psicosupervivencia es un blog dedicado a la psicología y el crecimiento personal. Escribo sobre la mente, las emociones, las relaciones, el amor, la amistad, la alegría, la pasión y en general esta cosa rara y obligatoria llamada vida. Más abajo puedes echar un vistazo a algunos textos para hacerte una idea.
¿De qué va eso del libro?
Durante el mes de noviembre estaré escribiendo un libro, donde quiero recopilar lo que considero más importante para la supervivencia mental. Si te suscribes aquí, recibirás los capítulos del libro a medida que los vaya redactando. He decidido hacerlo de esta forma para motivarme y escribir a diario, y también para poder recibir vuestros comentarios, sugerencias e ideas.
¿Cómo puedo colaborar?
Como quieras.
Puedes decirme qué temas te preocupan más en la búsqueda de la felicidad o de algo que se le parezca.
Puedes compartir tu historia personal, si piensas que puede ser útil que otros sepan de ella.
Puedes consultar dudas, problemas o decisiones, y yo intentaré echarte una mano en la medida de lo posible. Si estás de acuerdo, tu duda y la respuesta también formarán parte del libro.
Puedes simplemente leer el artículo del día y contestar con un “me gusta”, o incluso con un “me parece un coñazo”. Acepto bien las críticas.

Y bueno, ya por último, ¿quién eres tú?
Yo me llamo Marina Díaz y soy psicóloga residente de Psicología Clínica en el Hospital Puerta del Mar, en Cádiz. En los últimos dos años he trabajado con cientos de pacientes, y hago lo posible por echarles una mano. Aún me queda muchísimo por aprender, pero intento suplirlo con esfuerzo, cariño e imaginación. Me he dado cuenta de que algunas herramientas sencillas parecen mejorar bastante la vida de la gente, y me gustaría compartirlas. Por eso empecé a escribir aquí y por eso quiero publicar un libro sobre el tema. Y me encantaría contar con tu ayuda para este proyecto.
Nos vemos en tu bandeja de entrada 🙂
Publicado en Uncategorized | 11 comentarios

Ama lo que haces

Me comenta Semitonía en el post anterior que eso de hacer lo que uno ama le produce cierta ambivalencia. Porque está genial poder hacer algo que ames pero, al mismo tiempo, te da miedo. Al control que ejerce sobre ti. Al apego a las sensaciones positivas que te produce. A cómo te define y a qué va a pasar contigo si lo pierdes.

Yo vivo la escalada con cierto miedo, y no tiene que ver con caerme. Es una cosa un poco rara: yo, que era sedentaria como un caracol, y que ahora me encuentro interesada de verdad por el deporte por primera vez en mi vida. Me preocupa mi cuerpo como herramienta para escalar. Me preocupo cuando me duelen los codos y me golpeo las rodillas contra la roca, y de hecho es una preocupación absurda y circular: ¿y si me hago daño y no puedo seguir escalando? Es como cuando conoces a un tío tan maravilloso que te da miedo perderle. Te giras en la cama a media noche, le miras y le preguntas: ¿me quieres? Pues claro que te quiero, contesta él, medio dormido. Y tú intentas creértelo, pero piensas que es demasiado bueno para ser verdad.

Aquí es donde entra en juego la madre del cordero: el apego. ¿Qué es el apego? Lo voy a definir un poco de andar por casa, que yo no he venido a este blog para buscar definiciones en la página de la RAE. El apego es la voluntad de querer siempre más de aquello que nos resulta agradable. Es todo lo que hacemos por mantenerlo a nuestro lado y también es el miedo terrible a que desaparezca. Se genera de una forma automática cuando experimentamos sensaciones agradables, y hace que una gran parte de nuestra conducta se encamine a encontrar la forma de que vengan una y otra vez. Un poco como los yonkis, sí.

Por supuesto, uno se puede apegar a lo que ama y a lo que disfruta haciendo. Nos podemos apegar a la escalada. Se puede pasar una la mañana leyendo a escondidas la autobiografía de Lynn Hill y deseando subirse de nuevo a una pared, aunque sea para hacer vías facilitas porque de momento tampoco damos para mucho más. Es preocupante si nos aleja de lo que tenemos enfrente; si ignoro a mi paciente porque estoy pensando en por qué me caí ayer a un metro de la reunión. Es preocupante también si un día tengo que dejar de escalar y caigo en una depresión profunda. Pero disfrutar intensamente de lo que nos hace felices no quiere decir que estemos generando apego. El apego se mide mejor en la ausencia de lo que amamos. ¿Cómo me siento cuando estoy lejos? ¿Cómo me siento ante la posibilidad de perderlo?

En la vida hay cosas que no se pueden elegir, que simplemente suceden. Y todo es muy, muy frágil, empezando por mis rodillas. Así que quién me dice a mí que mañana vaya a poder seguir escalando, escribiendo o trabajando en lo que me gusta. Igual tengo que dejar de hacer alguna de esas cosas o todas a la vez. A lo mejor resulta que, al paso que va la burra, el sistema financiero internacional colapsa y de aquí a unos meses estoy buscando comida en la basura o intentando cultivar mis propias lentejas, y no me da tiempo para mucho más. ¿Cuánto sufriré si eso sucede? Ésa es la medida de mi apego.

Ahí es donde entra en escena el tema de amar lo que haces. ¿Por qué amamos lo que amamos? No es por la actividad en sí, sino por lo que nos permite poner en juego. Por ejemplo, yo amo escribir por muchas cosas. Porque me permite integrar lo que vivo y mis ideas respecto a la gente, a la psicología y a la vida. Porque me hace estar más atenta y fijarme en los detalles. Porque me ayuda a comunicarme. La atención, la comunicación y el aprendizaje pueden estar presentes en muchos otros aspectos de mi vida. Los puedo buscar en mi trabajo y en mi forma de relacionarme con la gente. Los puedo buscar en otras cosas que amo, como la escalada, y en las que no amo tanto pero tengo que hacer por huevos, como las sesiones clínicas.

Hace tiempo hablaba con un amigo y le explicaba que soy psicóloga y me encanta, pero que podría ser feliz haciendo otra cosa que me permitiera practicar lo que pongo en juego ahora. Podría ser cualquier trabajo siempre que me permitiera ser creativa, seguir aprendiendo y hacer algo por los demás. Un par de semanas después estaba comiendo en el comedor del hospital y miraba a la mujer que servía los platos al otro lado del mostrador. Pensaba: Dios mío, qué horror, qué curro más monótono. ¿Qué puede hacer esta mujer por los demás? ¿Cómo puede convertirlo en algo enriquecedor para los que le rodean? Y en ese momento, la mujer me dio el plato, me miró a los ojos, me sonrió y dijo “que aproveche”. Ahí lo llevas.

Lo que quiero decir, que me disperso, es que podemos buscar en lo que amamos los valores que nos mueven e intentar trasladarlos a aquello que tenemos que hacer sí o sí. Es cierto que no tiene sentido hacer lo que amamos si nos vuelve ciegos y sordos a todo lo demás. No me gustan los escritores torturados: los que son capaces de crear verdad y belleza en sus novelas pero luego se alcoholizan o maltratan a los que tienen alrededor. De alguna forma, han sido incapaces de trasladar esa belleza al resto de las parcelas de su vida, y ésta se ha quedado coja, y no son felices. Lo que aman deja de ser un refugio ocasional y se convierte en ese escondite del que hablaba Semitonía.

Resumiendo: está bien hacer lo que amamos. No hay por qué sentirse culpable cuando uno se lo pasa bien. Podemos cabalgar en el filo de la ola del disfrute y de la conciencia intensa de lo frágil que es todo. Estar dispuestos a ganar, y también a perder y a dejar marchar. Aprender de lo que amamos, buscar los valores que nos mueven e intentar cultivarlos en el resto de las parecelas de nuestra vida. Y si somos capaces de verlo desde esa perspectiva, no lloraremos cuando se vaya. Suspiraremos, nos encogeremos de hombros y buscaremos la forma de hacerlo igual de bien en todos los otros sitios.

Publicado en Apego, Valores, Vivir con sentido | 3 comentarios

Haz lo que amas

A mí me gusta practicar y transmitir una psicología pragmática, ya lo habréis visto. Rollo: la vida es así, tú eres así, qué le vamos a hacer. A mí no me gusta, a ti tampoco, pero nadie nos preguntó y, ya que estamos aquí, vamos a intentar que nos cunda el viaje.

Me gustan las orientaciones terapéuticas y espirituales realistas. Honestas. Incluso duras. Me interesan mucho la psicología y filosofía budista, y por si no lo sabéis, lo primero que dice Buda al enunciar las verdades de la vida es: toda la existencia es sufrimiento. Así, a cara de perro. Probablemente, si Buda tuviera un blog, la etiqueta “verdades chungas” sería la que tendría más posts.

Volviendo un poco a algunas de las ideas que hemos tratado en el blog desde que empezó: uno tiene que orientar su vida hacia los valores que le importan, vivir duele, arriesgarse duele más, las sensaciones pueden ser agradables o desagradables pero todas son lícitas. No nos podemos pasar la vida hartos de tranxilium, en un globo de anestesia emocional y pseudofelicidad barata, porque entonces estaremos tranquilitos, sí, pero inmóviles. ¿Sabéis quiénes están tranquilitos de verdad? Los muertos. Y nosotros no queremos estar muertos. Vamos, digo yo.

Sin embargo, hoy voy a escribir sobre la parte no pragmática de la psicología. La que tiene que ver con que, como leí en un libro que me mandaron de pequeña en el colegio, “La vida es corta, pero ancha”. Y esto se resume en una frase breve pero poderosa: Haz lo que amas.

Ayer estuve escalando con mi amigo Kpot, que de todos los escaladores que conozco, es el que ama este deporte tan loco de una forma más profunda y verdadera. A la vuelta íbamos hablando, para variar, de lo mucho que nos gusta escalar, de cuánto disfrutamos haciéndolo. “Yo es que no sé si me gusta o si ya lo tengo tan integrado en mi vida que no soy capaz de no hacerlo”, decía él. Yo creo que sí que le gusta; pero vamos, es mi opinión 🙂

A mí me gusta la escalada por muchas cosas: por el entorno donde se practica, por la gente a la que se conoce. Por lo que te enseña sobre ti mismo, tus miedos, tus limitaciones, tu ego. Porque te pones fuerte y está guay ponerse fuerte. Pero, sobre todo, me gusta porque durante un día de escalada estoy tan presente y tan conectada con lo que tengo alrededor que no existe ningún otro problema. La sensación empieza desde que me subo en el coche camino a la escuela de escalada y continúa cuando estoy allí: asegurando, observando a los que trepan, poniéndome los gatos y atándome la cuerda. Pero, sobre todo, está ahí cuando me subo a la roca. Cuando uno está escalando realmente concentrado, realmente presente, todo lo demás no existe. No sabes quién eres. No te importa nada más que encontrar la forma de seguir subiendo. Y eso es genial.

Luego está la escritura. Yo escribo todos los días. Lo hago por muchas razones, pero la principal es que me gusta mucho, mucho, mucho. Cuando escribo no quiero hacer ninguna otra cosa, y por eso busco un hueco a diario, aunque a veces me vaya tarde a la cama y me maldiga pensando en las ojeras que voy a arrastrar en el trabajo a la mañana siguiente.

¿Qué quiero decir con esto? Que por mucho que la vida sea sufrimiento y que todos nos volvamos cínicos, que el amor sea sobre todo ego, que las parejas se deterioren, que nuestro jefe nos putee, que nos pasemos la vida deseando a la mujer del vecino, que nunca tengamos todo lo que deseamos ni podamos sacar de nuestra vida lo que no deseamos, y que encima todos los años nos tengamos que poner a régimen para la operación bikini… existen cosas que amamos. Existen actividades y personas que hacen que el tiempo se detenga, que sacan lo mejor de nosotros y que producen un efecto tan sencillo como disfrutar.

A veces no es fácil encontrar esta actividad, y uno se ve yendo de taller en taller, aprendiendo a tocar los bongos, practicando yoga con un montón de colgados o intentando pintar al óleo. Y piensa: si a mí esto no me dice nada. Qué pinto yo aquí, literalmente. Pero hay que seguir intentándolo. El año pasado me apunté a unos talleres de teatro que fueron el horror en vida: gente muy rara, clases muy malas. Pero creo que apuntarme a esas clases de teatro porque estaba sola en Cádiz y quería conocer gente fue el paso previo para apuntarme a la piscina, que a su vez fue el paso previo para aprender a escalar. Así que hay que seguir con el proceso y comprometerse con las actividades por un tiempo mínimo, aunque nos dé una pereza tremenda salir de nuestra zona de confort para probarnos a nosotros mismos o conocer gente.

E incluso cuando se encuentra, no es tan fácil hacer lo que uno ama. A menudo te tienes que obligar. Yo empecé a escribir a diario porque me lo propuse: me dije que durante un mes iba a escribir todos los días, pasara lo que pasara. Tendríais que haberme visto, porque en ese mes me ocurrió de todo. Había noches en que me iba antes de donde estuviera para poder escribir. Me pasaba todo el día dándole vueltas al coco, porque no tenía claro que en mi mente hubiera material para tanto. Pero lo conseguí y, sobre todo, creé el hábito. Como dice Murakami, el ejercicio de incertidumbre pasó a convertirse en un ejercicio de fluidez.

Porque, al contrario de lo que se puede pensar, hacer lo que uno ama también requiere renuncia. Ni siquiera encontrar el tiempo y la energía para practicar lo que disfrutamos es sencillo. Muchas veces es más fácil dejarse llevar por la pereza, por la comodidad, por lo que hace todo el mundo. Que me lo digan a mí mientras iba el sábado por la mañana hacia la gasolinera donde había quedado con el Kpot. Yo con mi mochila, mi cuerda de 80 metros, mi plumas y las agujetas del día anterior, pasando por la Avenida de Cádiz, donde una legión de fantasmas disfrazados esperaban el autobús con cara de frío y resaca. Y pensando “quién me mandará a mí”. Pero contenta y afortunada por ser capaz de comprometerme con lo que me gusta.

Hacer lo que amamos con frecuencia y con intensidad es alegre y nutritivo. Nos da un colchoncito emocional para los momentos duros, que son muchos. Nos ayuda a tolerar las obligaciones, el estrés, las personas a las que no aguantamos. Y estoy segura de que todos podemos encontrar algo que amamos y que podemos hacer con relativa frecuencia.

Luego está la segunda parte de la historia, que es amar lo que haces… pero ésa esa otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Publicado en Vivir con sentido, Yo también puedo ser positiva cuando me pongo | 4 comentarios

¿Pero de verdad sufre tanto la gente?

Esta pregunta me la hizo Domingo (la persona), el pasado domingo (el día), cuando volvíamos de pasar el día en Bolonia. Creo que no lo expresó exactamente así. Dijo algo como “¿pero de verdad la gente está tan rayada?”. No recuerdo muy bien a qué venía la pregunta. Supongo que a veces cuesta comprender que alguien lo esté pasando tan mal como para ir a contarle a un desconocido su vida y esperar que se la arregle. Una psiquiatra amiga mía dice que tenemos que ser respetuosos con los pacientes, porque cuando vienen a consulta ya han agotado todos sus recursos. E imaginad lo difícil que es llegar a un punto en tu vida en el que te das cuenta de que tú solo no puedes con ella.

Que la gente sufre es un hecho, y que la gente sufre UN MONTÓN es otro hecho. En el tiempo que llevo trabajando he visto a muchos, muchos pacientes, con muchos, muchos problemas. Algunos leves, pero otros bastante importantes. Me han contado infartos, abusos sexuales, muertes de hijos pequeños, maltratos, intentos de suicidio. Sí que hay quien lo ha dejado con su novio o quien piensa que tiene baja autoestima, pero por desgracia mucha gente en el mundo, en nuestro mundo bonito y cómodo, lo está pasando verdaderamente mal.
¿Y por qué sufre la gente? Pues la gente sufre, en concreto, por los grandes problemas de la vida. Por lo que vienen siendo las líneas de la mano, como decía también Domingo: el amor, la salud, el dinero. En general, simplemente porque pasan cosas que no queremos que pasen y, al contrario, no pasan cosas que queremos que pasen. Pero a un nivel todavía más sutil, sufrimos porque no sabemos bien cómo asimilar eso que nos pasa o que no nos pasa. Lla vida termina por darle el mazazo a todo el mundo: la enfermedad, la muerte, el desamor y la pérdida nos van a afectar a todos, tarde o temprano y, aun así, unos lo pasan peor que otros.
Había empezado otra entrada hablando de Viktor Frankl. Seguro que algunos le conocéis: es el psiquiatra judío que estuvo en varios campos de concentración a lo largo de la Segunda Guerra Mundial y que después escribió “El hombre en busca de sentido”. Dedicó su tiempo en el campo a analizarse a sí mismo y a sus compañeros desde su profesión y a explicar cómo se comportan los hombres en esas circunstancias. Con los ojos abiertos en medio del dolor, intentaba entender. Concluyó que incluso en una situación tan extrema como vivir en un campo de concentración, un hombre puede mantener la dignidad si conserva la vista puesta en un objetivo más alto que él mismo. En un valor que le importe.
Frankl habla de cómo pensaba en su mujer, que luego resultó que había muerto durante la guerra, para animarse a sobrevivir a las condiciones del campo. Sus padres también murieron y, a pesar de todo esto, él se sobrepuso y pasó el resto de su vida viendo pacientes, escribiendo y enseñando. También escalaba montañas y pilotaba aviones. Y yo creo que el sentido verdadero de su vida cuando estuvo preso era precisamente explicar a otros cuál podía ser el sentido de la vida. Creo que Viktor Frankl sobrevivió para contarlo luego.
Por eso pienso que el dolor humano, tan presente y tan intenso, puede transformarse, y que en casi todas las circunstancias se puede vivir una vida plena. Así que desde una respuesta pesimista a la pregunta de Domingo (que sí, que la gente DE VERDAD está tan rayada) puedo construir una visión optimista: podemos y sabemos ser felices. Aunque al final resulte, como decía una imagen que alguien colgó el otro día en Facebook, que lo único que vale de ti es que tus errores sirven de ejemplo para iluminar los caminos ajenos.
No podemos vivir vidas perfectas. No podemos esperar que un blog, o un libro de autoayuda, o toda nuestra buena voluntad como humanos pensantes, nos den las respuestas y nos permitan planificarnos como un proyecto de ingeniería. No se puede. Están los imprevistos, los mazazos; está nuestra debilidad y esa insatisfacción sutil y permanente que a veces parece quedarse con nosotros todo el rato. Pero también están Viktor Frankl y el sentido de la vida. Está la posibilidad de vivir orientados hacia algo que nos importa. Para mí tiene sentido escribir esto igual que él escribió sobre Auschwitz: escuchar a la gente, aprender e intentar entender. Me hace feliz y me ayuda a seguir adelante, aunque sepa que las putadas de la vida están ahí, sostenidas sobre mi cabeza.
Ojalá que algo de lo que hay aquí os ayude también a vosotros a encontrar un sentido. Creo que ése es el secreto, y que es mucho más simple de lo que parece. O mucho más complicado, no lo tengo claro.
Publicado en Libros, Valores, Vivir con sentido | 9 comentarios

Del billar a la brújula


En primer lugar, a Dios pongo por testigo de que voy a intentar actualizar más a menudo. Recordad que podeis darle a “me gusta” en Facebook y así estaréis avisados cada vez que publique algo nuevo.

Comentábamos aquí el tema de basar nuestra vida en huir de las sensaciones desagradables y buscar las agradables, y aquí el tema de poder o no cambiar los pensamientos. Ambas maneras de enfocar la vida nos hacen ir de un lado a otro como pelotas de billar chifladas. No quiero tener pensamientos desagradables ni sensaciones desagradables, así que voy a huir de ellos. Quiero repetir experiencias agradables, así que haré todo lo posible por conseguirlas. Esto estaría bien si fuera factible pero, lamentablemente, no lo es. Ya lo he dicho, pero lo repito: no podemos vivir teniendo solo pensamientos y sentimientos “buenos”. De hecho, a veces es no solo normal, sino recomendable, experimentar sensaciones desagradables.
Por ejemplo: nos sentimos nerviosos antes de empezar en un trabajo nuevo. Los nervios y la ansiedad movilizan la energía, nos ponen en marcha, nos ayudan a estar alerta ante posibles señales y cambios. La tristeza después de un acontecimiento doloroso, como la ruptura de una pareja o la muerte de un ser querido, nos ayuda a bajar el ritmo, recuperar energía y elaborar la pérdida.
Cuando trabajo con mis pacientes me gusta mucho diferenciar lo que está dentro de nosotros de lo que está fuera. Yo dibujo un esquemita dividido en tres columnas. En la primera escribo “cabeza/cuerpo”, en la segunda “vida” y en la tercera “valores”.
¿Qué hay en la cabeza y en el cuerpo? Todo aquello que los demás no pueden percibir a no ser que nosotros lo comuniquemos. Nuestros pensamientos, sentimientos, emociones, recuerdos. Imaginación, sensaciones físicas, planes, fantasías. Todo eso está dentro de nuestro coco y no va a salir de ahí. No tiene, por sí solo, ninguna repercusión en la realidad.
Solemos conceder más poder a nuestro pensamiento del que realmente tiene. Por eso nos preocupa tanto tener pensamientos “malos” o “negativos”. Pero, de hecho, yo me puedo sentar aquí a pensar con todas mis fuerzas que ojalá muráis todos y bueno, que yo sepa ahora mismo seguís sentados en vuestras sillas, leyendo esto, ¿no? Pensar que soy mala profesional no me hará por sí solo una mala profesional. Pensar que soy estúpida no me hará comportarme como una estúpida. No quiere decir que estos pensamientos no puedan influir hasta cierto punto sobre cómo mi comportamiento, pero no lo determinan. Lo que determina cómo actúo es lo que sucede en el otro plano de la realidad: la vida.
¿Qué pasa en la vida? Poca cosa. Acciones, palabras, gestos. Punto. Todo lo que podemos observar, todas nuestras formas de interactuar con el mundo y con la gente, se componen de estos elementos. Acciones, palabras y gestos. Pensar que lo que pasa en la cabeza tiene que coincidir con lo que pasa en la vida es simplificar mucho la historia.
Todos podemos imaginar situaciones en las que pensamos o sentimos una cosa y actuamos de forma totalmente diferente. Cuando te gusta un tío y no quieres que se entere, así que le ignoras (no entro aquí a juzgar en la eficacia de la táctica, que conste). Cuando te cae fatal la madre de tu novia pero te esfuerzas por ser encantador para que ella no se mosquee. ¿Por qué pensamos que en otras áreas de la vida lo que sentimos o pensamos tiene que condicionar necesariamente nuestra forma de actuar?
Lo desadaptativo y poco funcional de ver la vida de esta manera es que nos paraliza. Si creemos firmemente que estando tristes no podremos hacer las cosas a derechas hasta que no cambie nuestro estado de ánimo, nos quedaremos metidos en casa esperando tranquilitos a que salga el sol en nuestro corazón. Si aguardamos a que nos inunde una motivación gigantesca desde la nada para iniciar ese proyecto que nos ilusiona tanto, lo más probable es que la motivación no llegue y aplacemos cada vez más las cosas que nos importan.
Además, recordemos que lo que pasa en nuestra cabeza es complicado de cambiar. No se puede dejar de pensar en el oso blanco. Si estoy triste y me siento en el sofá a intentar ponerme contento es más que difícil conseguirlo. Sin embargo, lo que pasa en nuestra vida sí se puede cambiar. Sí tenemos un control sobre nuestras acciones, nuestras palabras y nuestros gestos. No es un control absoluto, ojo; la impulsividad y los momentos en que la emoción nos sobrepasan están ahí. Pero es un control mucho mayor y más efectivo que el que ejercemos en nuestro coco.
En la tercera columna de nuestro esquema están los valores, es decir: las cosas que nos importan. Al final, vivir una buena vida se resume en ser capaces de actuar para acercarnos a esos valores. En dar un sentido a la existencia que estamos llevando. Cuando funcionamos desde nuestra cabeza hacia nuestra vida y después a nuestros valores, es fácil perderse y convertirse en la bola de billar de la que hablábamos antes. Si le damos la vuelta al asunto, fijamos nuestros valores, actuamos en función de ellos y no nos preocupamos tanto por lo que sentimos o pensamos, asumiendo que son eventos transitorios y que cambiarán, es más fácil que caminemos hacia esa vida con sentido de la que hablábamos antes.
Me da la sensación de que me estoy poniendo muy abstracta, así que lo mejor será ilustrar todo esto con un ejemplo.
Imaginemos que tenemos una relación con una persona. La relación empezó bien, con ilusión, con ganas, los dos muriendo de amor y diciéndonos cosas bonitas a la luz de la luna. Después la cosa empezó a torcerse. Hemos llegado a un punto en que la otra persona nos perjudica y/o nosotros le perjudicamos a ella. Nos hacemos daño, nos peleamos, no somos capaces de mirar por sus necesidades. No le vemos más que defectos. Sabemos que a largo plazo la cosa no tiene mucho sentido.
Sin embargo, cada vez que intentamos romper la relación las sensaciones desagradables nos inundan. Nos llenamos de apego (ya hablaremos del apego más adelante, que también es un tema). Sentimos la ausencia de esa persona, nos remuerden los celos cuando se nos ocurre que podría estar con otro. Nos morimos de pena pensando en todos los momentos que hemos compartido y que no volverán a repetirse. Esto es lo que pasa en nuestra cabeza y en nuestro cuerpo.
Guiados por la aversión a esas sensaciones desagradables, nos dejamos llevar en el plano real de nuestra existencia, es decir: en nuestra vida. Llamamos a nuestro ex, quedamos con él, echamos un par de polvos conmemorativos y, cuando nos queremos dar cuenta, nos hemos vuelto a enganchar en una relación que no nos lleva a ninguna parte. No nos lleva, desde luego, en dirección a nuestros valores, que en lo que se refiere a la pareja pueden tener que ver, por ejemplo, con la comprensión, el apoyo mutuo, la fidelidad, aportarse cosas bonitas y construir un futuro juntos.
Lo que decía: pelotas de billar chifladas.
Si lo planteamos en el sentido contrario y tenemos claros estos valores, será más fácil realizar las acciones correctas. Entonces asumiremos que sentir esas sensaciones tan desagradables (la tristeza, la ira, el miedo, el apego, los celos) es inevitable y transitorio, y que no quiere decir que lo estemos haciendo mal. Quiere decir que debemos aguantar el tirón y actuar de acuerdo con lo que creemos correcto. Porque estas sensaciones tan desagradables pasarán tarde o temprano; no tienen más remedio. Nosotros permaneceremos firmes, guiados por nuestra brújula interior, y estaremos avanzando y generando un espacio para que se produzca el cambio.
Y creo que con esto tenemos más que suficiente. Espero haber compensado por el tiempo de sequía. Como siempre, espero vuestras valiosas aportaciones en los comentarios y prometo volver pronto.
Publicado en Las sensaciones, Valores | 4 comentarios